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10/5/11

mudanzas

algunas fotos que pegamos con A# cuando nos vinimos a vivir al depto se han ido cayendo paulatinamente de la pared. Las guardo entre libros y pilas de apuntes para que se aplanen un poco, pero no vuelvo a pegarlas en la pared, porque me gusta pensar que es una decisión  de las cosas comenzar ellas mismas con la mudanza. Entonces, las fotos y también algunos flyers o dibujos se despegan y caen, anticipándose a la mudanza que tendré que hacer en un par de meses. hay una explicación perfectamente razonable para todo esto, relacionada con la capacidad de adherencia de la cinta de papel y la fuerza de gravedad. Sin embargo, prefiero pensar que sí, que las cosas.
Eventualmente me iré a vivir a otra casa o departamento; en sus paredes tal vez pegue ésas u otras fotos, que a su vez caerán (porque a veces incluso dejo que se caigan al suelo; no es desidia lo que tengo , sino fascinación por la gravedad). Y así se nos pasa la vida, con las cosas yéndose a otra parte y nosotros siguiéndoles el rastro, en la medida de lo posible.

13/2/11

enero

desde hace días me está rondando un cuento. un cuento que no escribo, para evitar que sus imágenes suban desde mi piel hasta el cerebro. porque, una cosa es llevar los signos de una muerte impregnados en el cuerpo (olor a guantes de látex, que no puedo quitarme de las manos, aunque éstas no sean ya mis manos, y que a veces me descubro olfateando, siendo que estoy absurdamente lejos), y otra muy diferente es convertirla en una estética, donde lo que en su momento fue asco, dolor o angustia, se convierte en un simple y llano registro del idioma, un estilo, no ya una sensibilidad viva e intensa. (placer estético entre comillas, la puta que te parió).

así voy acumulando algunas notas invisibles y otras no tanto: el cuento; una carta medio escrita que aún debe atravesar el mar; el osolibro de poemas que me desvelo pensando cómo editar. mientras tanto, leo el Quijote (por enésima vez) y unas historietas de super man; me siento estúpidamente altivo, porque mi decisión de no escribir es deliberadamente intencional. un libro más, un cariño menos que recibir todos los días. y el mundo como si nada, por supuesto.

23/8/10

E1

Voy a visitar a una amiga que vive en Argüello y me subo a un E1. Hoy juega Talleres, así que comparto el viaje con varios hinchas que ocupan la mitad del colectivo. En uno de los asientos de adelante una chica de antejos agita una banderita del club por la ventana; mientras tanto su novio, que viaja parado junto a ella, le da besos en la frente. Más atrás viaja una mujer que lleva a su hijita sentada en la falda. A la nena le llama la atención mi susurrador, entonces yo lo hago girar para que mire los colores, y ella sonríe.

El viaje continúa sin sobresaltos, suben unos skaters y después dos chicos con banderas de Talleres. Cuando vamos llegando al estadio nos paran unos policías. El colectivo se detiene a un costado; los efectivos suben y los hinchas (en su gran mayoría chicos y chicas adolescentes) bajan para ser cacheados. El trato de los policías para con los “sujetos sospechosos” es despectivo y un tanto prepotente, el criterio para decidir quién es revisado y quién no, totalmente arbitrario: portación de cara. Pasados unos minutos, los simpatizantes de Talleres suben de nuevo al colectivo. Casi nadie les devuelve el asiento, ni siquiera a un hombre bastante mayor que venía viajando sentado. Recorremos unos absurdos cien metros y nos detenemos frente al Chateau. La mayoría de los pasajeros descienden, dejando el colectivo prácticamente vacío.

Me siento delante de los skaters y escucho que suspiran, como aliviados. “Son negros de mierda”, dice uno de ellos. Y luego argumenta: “Porque ser negro es algo que se elige, y a estos negros les gusta que los pare la policía”. Como no quiero seguir oyendo la conversación, me mudo a uno de los asientos de atrás y desde allí observo a los demás pasajeros. Un chico vestido con ropa deportiva de tenis saca su iPhone y sintoniza el partido, que está por comenzar.



17/8/10

Para una eventual despedida de mis seres queridos

Correr para despedirse, no llegar, quedarse con el chau atragantado en la palma de la mano... a veces pasa, la gente se queda con la sensación trunca y la mano en el aire que se enfría sola.

Pero ¿por qué este ritual de poner nombre a un océano de personas y de tiempo que se abre entre nosotros? Parece no ser suficiente con vos allá y yo acá, hay que sacar pañuelos de los bolsillos para agitarlos en señal de adiós, mirarnos y hablarnos como si nunca más, descorrer a la persona ausente de cada uno del os rincones que habitó.

Una vez leí en una biografía (de Gandhi) que los hindúes no creían en las despedidas, o mejor dicho, ellos no decían Hadiós, porque conocer a una persona implicaba llevarla en el espíritu para siempre. Creo que me gusta como piensan los hindúes de ese libro, y por eso quizá sea más saludable decirnos hola de vez en cuando, aunque estemos en continentes diferentes. Simplemente podríamos asomarnos a la ventana y deslizar un: - hola. Probablemente haya alguien del otro lado, en algún otro lado, capaz de devolvernos el saludo.



25/3/10

Lo que dura un susurro. Micrónicas del 24 de marzo





Un instante... algunos segundos, quizá menos que un minuto. Eso dura un susurro. Entonces, los párrafos siguientes consisten en impresiones, breves (micro) crónicas acerca de mi participación como susurrador en la marcha del 24 de marzo.
Pero antes, una pequeña explicación. Un susurrador es un tubo de cartón de dimensión variable, posee dos orificios: por un lado entran palabras, por el otro sale un poema. El resultado de ese breve proceso es una conexión, ínfima o infinita, entre la persona que susurra y quien recibe como obsequio el susurro. Y no sólo eso, como suelen decir los manuales de química, la materia - y su equivalente a grosso modo, la energía - se transforma. Por consiguiente, ninguno de los participantes de dicha transformación vuelve a ser el mismo. Sus vidas han cambiado para siempre, aunque probablemente ellos no lo saben.
Ahora sí, las micrónicas...

- Nos paramos sobre el cordón de la vereda y ofrecemos susurros a marchantes y transeúntes. Se acerca un hombre con sus dos hijitas, J# susurra a la más grande y vivaracha. Yo ofrezco un poema a la más chica, pero no se anima, es tímida. Ella no deja de mirar las grullas que cuelgan de mi susurrador, entonces saco una de color rojo de mi bolsillo y se la acerco con la mano. No quiere, no se anima. Le doy la grullita al padre, él me dice gracias y se la da a la nena que me mira por primera vez.


- Una pareja viene caminando por la vereda, él es canoso y tiene los pelos parados hacia los costados, como Christopher Lloyd en Volver al Futuro o el personaje que hacía Julián Weich. Además usa lentes de sol colorados como los de Lennon. Me le acerco pero él no quiere, me dice que mejor le susurre a su compañera que es extranjera. Susurro un poema de Benedetti y ella sonríe, no sé si me entendió. El Dr. Emmett Brown me ofrece cuatro pesos en señal de agradecimiento. Le digo que no, gracias. Él insiste.

- Una nena marcha de la mano con su mamá, al ver mi susurrador se acerca corriendo, da saltitos y me pide que le susurre algo. Yo busco y rebusco: todos mis poemas son sombríos, hablan de pérdidas o ausentes, son palabras de personas muertas. De pronto, ¡zas! un fragmento de Carlos Aiub. Se lo leo:

" (..) porque tengo menos miedo
por todo eso
por lo que va a venir
por lo que buscamos
por todo eso
te quiero.-"

La nena se pone colorada - alcanzo a distinguir - y se vuelve corriendo, como vino. Me siento fugazmente Halegre de haber hecho bien.

- Me acerco a un hombre - mayor - que sostiene un panfleto con una foto de la presidente. Le pregunto si quiere un susurro y él acepta, aparentemente sin entender del todo de qué se trata. Inmediatamente después de ser susurrado me pregunta:
- A ver, vos que parecés un tipo amplio, decime ¿y quién se acuerda de los jubilados? Yo pienso en mi abuelo, pero no sé cómo contestarle. Luego de una conversación de 20 minutos acerca de la realidad política, me dice que su nombre es René y que lo disculpe por haberme retenido tanto tiempo.

- Una mujer acepta que le susurre. Le regalo un poema de Dardo S. Dorronzoro que habla sobre un techo que cae y un perro que no saluda a nadie, ni reza, pero llora porque éste es un mundo de mierda. En los ojos de la mujer distingo dos pájaros de sal y de lluvia. Ella me toma la cara con sus manos y me da un beso en la mejilla. Creo que jamás la olvidaré.


Antes tenía siempre la necesidad de escribir sobre el 24 de marzo. Pero ahora no. Será que es posible recordar de otra manera, o algunas palabras al ser siempre las mismas me van dejando. Quizá lo que queda es el silencio, y una ausencia que va perdiendo los nombres y los rostros.


22/2/10

Acotaciones (más al margen)

Mini historias cortitas y al pie (?)


- Diálogo imaginario, pero posible:
- Che, y vos ¿a qué te dedicás? - No, bueno, en realidad yo dibujo cosas que no existen.

- Me hice amigo de un pichicho por tres cuadras. Él era negro y viejo, y estaba rengo. Cuando me dejó le dije: Adiós Dago, jenízaro negro! Lo llamé así porque me recordaba al personaje de las historietas que leía con mi abuelo.
Sólo el cuerpo de Dago era lo que estaba arruinado por la calle y las noches. El espíritu se le notaba joven, fuerte y salvaje, como a mi abuelo.

- Cuando era más chico quería ser una langosta. Me parecían super geniales: verdes, aerodinámicas y capaces de dar grandes saltos. Quise ser una langosta hasta que me di cuenta de que vivían poco tiempo y que los nenes se divertían arrancándoles las patas.
Ahora que soy más grande (un poco, no más) quiero ser profesor. Pero a los profesores también les arrancan las patas.

- Momento ultra cursi de mi vida: ir caminando por 27 de abril o La Cañada una mañana nublada, mirar los edificios, alguna casa vieja o a la gente que espera el bondi; pensar: la ciudad es hermosa, nada puede salir mal.

- Voy al super, comparo precios, suspiro y comento con mi papá que sí, que se está yendo todo al carajo. Definitivamente me estoy convirtiendo en una vieja del Bajo Flores, cada vez más.

- A# escribió un cartelito y lo pegó: "Por favor no me robe el sillón. Gracias =)". Sí, la vida debería ser así, tan.

- Me dijo muchas cosas: que se llamaba Rubén pero le decían El Lobo. Me dijo que no se rescataba porque amaba la calle y que en realidad podía irse de allí en cualquier momento, ya que podía viajar con la mente. Rubén tenía la mirada brillante, como un soñador o como un niño. No volví a verlo, siempre paso por ahí pero no. Creo que realmente era un lobo y que podía viajar con la mente.

- Hay dos personas con las que siempre termino hablando del mar. Una de ellas vivía cerca de la playa y su pelo debía oler a sal o a luna. La otra lo añora tanto como yo. Pero no sé a qué olemos, quizás a distancia o ausencia.


27/1/10

el regreso del Yeti


vuelvo a escribir un post después de meses, y en el medio pasaron navidad, año nuevo, el "cumpleaños del blog", casi todo el abierto de australia, etcétera. Y sí, me tomé vacaciones. No, no veraneé en mardel, ni me hice una escapada para ver el dakar, ni recorrí las costas brasileras, ni me fui a a la patagonia a vivir de mis artesanías hechas con nueces... En vez de ello me dediqué con sumo cuidado a cultivar los pequeños placeres de la vida, a saber: comer galletitas de chocolate mojadas con leche, acariciar al gato con los pies, hacer dibujos con las partículas de polvo en suspensión (sí, se requiere mucha paciencia y dedicación).
No obstante, no es recomendable dedicar las vacaciones completamente al ocio, eso sería un despropósito y, peor aún, una pérdida de tiempo. No señor, por eso pienso encarar el dosmildiez con muchísimos proyectos. Listo algunos:

  • crear una editorial independiente, en realidad pequeña... bueno, más bien ínfima
  • hacer teatro
  • limpiar debajo de la cama
  • llevar adelante el proyecto: comando surrealista
  • pintar más
  • experimentar con mi barba
  • hacer, junto con A*, remeras con ilustraciones
  • formar una banda
  • aprender a tocar algún instrumento para poder formar una banda
  • comprar una funda para mi Olympus Trip 35
  • ir a ver a Kusturika, si es que viene como dicen
  • hacer más artesanías con nueces (es el negocio del futuro, lo sé)
  • ser honesto conmigo mismo y, por lo menos, intentar alguno de los ítems anteriores




24/11/09

Palabras Hazules


Historia de Calfucurá

Entonces lo llevaron a Buenos Aires. Entonces cuando llegó le preguntó el presidente por qué tenía tanto poder. "Éste es el virtú que tengo que me ayuda. Tengo en la mano mi piedra". Le dijeron: "¡Déjeme su piedra!". "Bueno", dijo Calfucurá. Dejó su piedra. La dejaron encerrada en una caja de fierro. Entonces dejaron encerrada la piedra. Se volvió Calfucurá. A los tres días llegó la piedra. Cuando estaba saliendo la piedra, empezó a mover la casa, pero ellos no se dieron cuenta. No sabían por qué había movido la tierra. Cuando llegó la piedra, encontró a su amo. Ahí se ganó la piedra, se puso debajo del sobaco, allí entró la piedra. Llegó el que la seguía. Le preguntaron, le dijeron: "¿Llegó su piedra?". "No llegó", dijo. "Más bien se escondió".

(R.E., Ancatruz, Neuquén) en GOLLUSCIO, Lucía (2006), El Pueblo Mapuche: poéticas de pertenencia y devenir. Bs As, Editorial Biblos.


...

(27/10)

Leo un par de poemas mapuches bilingües y las palabras en mapudungun vibran en la página contigua. Un leve temblor, un frío ancestral corre por mis huesos; quizá son las palabras Hazules del sur. Es un viento que, donde sea que yo esté, siempre me va a arrastrar un poco hacia el sur.



16/11/09

Crónica de un instante en las Halturas


(*)



Fue necesario llegar hasta - la que me pareció - la piedra más alta; ahora lo sé. Sólo así he podido sentir en el eco de tu vuelo un susurro en mi memoria, como si numerosos vientos aleatorios me hubieran empujado hacia aquí para verte en la distancia.

Pero fue hace algunos años que ya no importan en un zoológico que tampoco importa, cuando te vi por primera vez. Te habían fabricado una montaña de mentirita con piedras sin vida y un arbolito gris, de esos que fallecen a solas en las esquinas. Un envoltorio de alambre olímpico te protegía de la libertad y los cables de luz, tan peligrosos para los pájaros. Dormías sobre una rama y yo no pude evitar un dejo de decepción; es que ya tenía listos la cámara fotográfica y los pochoclos. Entonces todo sucedió en un instante; me gusta pensar que nadie más pudo verte. Quizás los demás visitantes se habían ido a fotografiar a los monoarañas o a comprar más pochoclo. En ese momento - ya despierto para siempre en mis retinas - desplegaste las alas como quien abre un Habismo en el tiempo y una noche súbita se extendió por toda la jaula. De pronto todos los demás fuimos los prisioneros, por siempre aferrados al suelo y a nuestras maquinarias, inútiles cazadoras de luz. Mientras yo me sentía más-hombre-que-nunca, me miraste apenas de lado, desde tu envergadura.

- Soy un cóndor - me dijiste. Jamás lo olvides, hombrecito - agregaría yo, tiempo después.

Desde esta piedra-que-late puedo ahora divisarte una vez más, varios metros más arriba, dibujándome. Me gusta pensar que sos el mismo cóndor, y yo soy el mismo yo, porque de alguna manera somos partículas del mismo polvo que el viento distribuye o el río pierde. Nuevamente me llenaste la mirada de silencio; dentro de mí vuela un pájaro de sangre, lleva tu nombre eterno que jamás termina de pronunciarse,
cóndor
cóndor

cóndor.
Sé que cuando escriba nuestra historia habré de perderte para siempre. Mientras tanto no te olvido, aunque todo este paisaje me esté olvidando a mí.


(Balcón Sur, Quebrada del Condorito)



antü | trece



(*) La foto es sólo ilustrativa (?) y pertenece al Volcán Batea Mahuida, cerca de Aluminé, Neuquén.

15/8/09

Hasta que un día fue hora de partir

Empaqueté cosas, puse rótulos a lo inclasificable, rompí los vasos trizados, tiré cosas inútiles, miré las fotos viejas otra vez, apilé los discos, ventilé los espacios vacíos, guardé mis libros, quemé poemas rancios, olvidé dibujos de la infancia. Y me quedé solo - agachado -, escupiendo la mirada hacia los rincones.

-En cualquier momento me voy..

y adonde vaya desenvolveré mis libros, observaré a las trizas crecer lentamente, apilaré cosas inútiles para olvidarlas, haré dibujos de fuego, escupiré poemas desde un rincón vacío. Seré. Sentado frente a una ventana que no mira hacia aquí. En cualquier momento me iré de allí también, pero la diferencia es ésto.
Hice, deshice y ya no tengo palabras; mis manos se mueven torpemente, no comprenden su existencia muda.

30/6/09

Las señales

encontrarme con una ex-compañera del colegio en la terminal y charlar durante casi todo el viaje (enterarme de que fulanito se casó y que menganita.); leer en la cama, tapado hasta el cuello; dormir todo el tiempo; votar sin convicción, por tercera vez consecutiva (con la mínima certeza de que peor es no votar)

... nunca la palabra adulto me abarcó tanto.

15/6/09

Apología


Así como el frío nos lanza violentamente hacia la estufa o hacia otros brazos, del mismo modo la incertidumbre nos deja secretamente perplejos. ¿Por qué dudamos? ¿qué nos demora en los portales cada vez que salimos o regresamos de la vida?
Suele suceder(me): llega ese momento extremo del día, la hora anónima cuando cualquier certeza cae del pedestal. Y los interrogantes son heridas, abiertas como ojos en la piel.

-No hay persuasión posible.

Practicar un fundamentalismo de la desconfianza. Dudar de todo, como Descartes (incluso dudar de Descartes).
Los honorables representantes no tienen la menor idea de qué hacer (ni cómo hacerlo); a La Nena no le gustan sus tetas nuevas (al novio tampoco); los caniches están hartos de ser llevados en brazos como carteras, desean correr libres y practicar el canibalismo más atroz.
Creemos necesitar una relación estable, una casa cómoda trabajo bien remunerado carrera con futuro celular de última generación tiempo para nosotros la fe intacta evitar el descenso (a los infiernos) seguridad salud prepaga cocina limpia comida thai redistribución de la pobreza (err de la riqueza) conexión wi-fi oportunidades sexo arte comprometido tasa fija de interés un poquito de amor que alguien nos entienda... por lo menos que nos escuche.

-Es (auto)destructivo.

Para qué engañar-me, no sé si la soledad de hoy es mayor a la de ayer, o viceversa. De nuevo en el portal, te miro y me pregunto si, aún reteniéndote un par de minutos más, lograremos escapar a tanto desencuentro. De un lado o del otro de las relaciones, la incertidumbre nos atropella. Da lo mismo deambular por la vida - transeúntes del cariño -, con las manos en los bolsillos, queriéndonos furtivamente cada vez que sea posible; atentos a los indicios más minúsculos: volvió con su ex, regresa a su casa por el fin de semana, sale con el grupo de amigos... y así andamos, buscándonos a tientas. Crustáceos en la noche profunda.
No existen muchas diferencias del otro lado (siempre un otro-lado). Juntos, cómplices del mismo retrato: inmóviles... tocarse mirarse hablarse apenas. Cuando acaba(mos) el amor, cada uno en su costado de la cama; en plena oscuridad, las dudas clavadas en el techo invisible. El retrato se repite absurdamente... y así seguimos, una masa oscura nos va ocupando el cuerpo de a poquito. Nos aferramos al miedo, como los árboles se aferran al aire para no hundirse en el suelo.
Estoy de este lado de la puerta. Ya no sé si seguiste tu camino hace algunas horas o muchos meses atrás. Sos una u otra "vos", no importa.

-Elegir el vértigo.

Aunque nunca nada sea seguro, aunque siempre estemos desgarrados en alguna parte, es posible (y quiero) optar por la incertidumbre. Hacernos una doble piel, sentir al máximo la vibración del invierno cuando caminamos solos. Imponer un poco de esperanza a las lágrimas anónimas de la noche. Abrir el libro a la mitad de la historia y prolongarla. Mirarnos sin máscaras, como nunca lo hicimos. Suspendidos en el instante eterno de volver a encontrarnos.




antü | hoy


25/3/09

Érase otra vez un 24 de marzo

Crónica de una reflexión anunciada




Para mi libreta la fecha de arriba no significa nada. Para el lenguaje la fecha de arriba tampoco significa nada. Pero en Argentina (ese nombre que nos envuelve y hace formar parte del país - un país - y de la historia - una historia) el 24 de marzo tiene un significado especial: se cumplen 33 años del último golpe militar, en 1976 (sí, hubo varios antes). En 2002, decreto de ley mediante, esta fecha fue declarada “Día Nacional de la Memoria Por la Verdad y la Justicia” y, a partir 2005 es no laborable. Por ende el día de hoy – de la memoria, aniversario del golpe, feriado, jornada de reflexión o descanso – nos involucró a todos, otra vez, como hace 33 años.

En mi caso, esta siempre ha sido una jornada diferente, llena de emociones fuertes; fundamentalmente de angustias y tristezas heredadas… esa memoria social o colectiva que los libros llaman historia. La dictadura siempre estuvo presente en mi vida; fue un tema de conversación recurrente, tanto en mi familia como en mi colegio. Crecí con esos sentimientos de impotencia, pena y bronca que parecen ser arrastrados por la generación de mis viejos (algunos de ellos, no todos). No obstante, adoptarlos y llevarlos a flor de piel durante todo este tiempo, ha sido siempre, por mi parte, una elección consciente. Hoy fue otro de esos “24s”; otra semana previa de verlo venir y sentirlo en el aire, mirar el calendario y hacerle un circulito invisible: ese día nos toca recordar. Estoy lejos de casa, pero sé que la cara de mis viejos fue diferente; seguramente sus miradas se apagaron un poquito. Ojo, no es que se pongan tristes sólo en este día. No, es algo permanente. Los dolores del pasado habitan en las personas, las ocupan (no tan) secretamente y se activan de vez en cuando. Al fin y al cabo así funcionan los recuerdos. Como decía, mis padres estuvieron tristes hoy, lo sé. Quizá tomaron mate por la mañana, mirándose en silencio mientras algún señor en la radio anunciaba el clima o hablaba sobre temas-de-interés. Yo me levanté igual que ellos. Parte de llevar la misma sangre es sentir los mismos dolores, como si la piel tuviese extensiones invisibles, capaces de transmitir las sensaciones por el aire.

A pesar de haberme despertado con pesadumbre, intenté actuar lo más indiferente posible, hacer de cuenta que nada pasaba. Porque claro, “mirá que ponerte a pensar en el pasado, como si no fuera suficiente con los problemas actuales (sí, pibe, 33 años más tarde el mundo sigue siendo una porquería)”. ¿Para qué prestarle atención a una fecha que los medios de comunicación han convertido en “segmento especial” o “informe de la semana”? Justamente, para evitar el vaciamiento de contenido que se busca - y, muchas veces, se logra satisfactoriamente - perpetrar en conmemoraciones como ésta.





Mierda, esto es difícil. La “reflexión crítica y comprometida” puede devenir en actividad de rutina, tan sólo un gesto apropiado para la ocasión. Todos los años (bueno, en realidad hace un lustro, más o menos), escribo algo sobre el aniversario del último Golpe de Estado. Suelo referirme, entre otras cosas, a lo importante que es la memoria (que no tenemos) en una sociedad, para que la historia no se repita (como se repite); hablo sobre la necesidad de una reflexión profunda (por lo general no la hacemos); me indignan la lentitud de la justicia y las escasas condenas a los responsables (creo que no hace falta hacer ninguna acotación al respecto). En fin, me doy cuenta de que formo parte del mismo juego mecánico desde hace bastante tiempo. Llega el día del aniversario y pienso: en la memoria, el compromiso, los desaparecidos y la reivindicación de su lucha, la libertad, las noticias de los diarios (esos pobres objetos que viven un solo día, como las moscas), las personas, las marchas y contra marchas, los caídos, los sobrevivientes, los indignados, los disconformes, los asuntos pendientes, las cicatrices, los ojos cerrados, las manos ensangrentadas, las armas todavía humeantes, las banderas roídas, las calles desiertas, los sueños rotos, las esperanzas vigentes…

Una vez más, como de costumbre, escribo algo al respecto. A medida que pasa el tiempo, voy creciendo, me siento más boludo y veo que casi nada cambia. Entonces, todas esas palabras (con sus respectivos sentimientos) pierden peso, un poquito cada vez. Ya no significan tanto como antes. Comienzan a cortarme, se filtran por las rendijas. Me convierten en la sombra desgarrada de una jaula. Aún así, antes o después de esbozar otra palabra que intente explicar – curar, aliviar – tanto vacío, necesito sentir que algo de esto es real. No pueden ser todas estas sensaciones nada más que engranajes de un relojito siniestro. Me cebo un mate, escucho al flaco Spinetta, miro una foto vieja de mi papá, salgo a la calle, voy a la marcha por los 33 años, saco fotos, observo a los demás… busco los rastros de algo diferente, algún indicio que me rescate de tanta mecanicidad.

En la marcha hubo de todo: banderas de todas los tamaños y colores, miradas de todos los tamaños y colores. Habían mujeres tristes y valientes, pibes exaltados y desafiantes, hombres cansados, transeúntes indiferentes, niños, abuelos, vecinos, militantes, curiosos, ausentes. Encontrarme, mejor dicho perderme en aquella multitud me sirvió para sentirme tantito mejor.

Sin embargo, al volver, luego de los discursos finales (tan discursos como políticos), el sentimiento de repetición vuelve a ser el mismo. Me alejo de la plaza donde concluyó la marcha y todo comienza a desdibujarse. Paso por el shopping (lleno de gente), luego por el Paseo del Buen Pastor (lleno de gente), llego a mi departamento, leo los diarios por Internet. Otro 24 de marzo parece haber llegado a su fin. Cada argentino vivió el “feriado” a su manera y cumplió con el rol que eligió (dentro de sus posibilidades). Ahora que escribo – y ya no es martes 24, me resisto a seguir el guión. Aunque repita algunas ideas y modifique otras, continuaré con mis intentos de desenmarañar significados y dilucidar interrogantes. Porque considero que la conmemoración del “Día Nacional de la Memoria…” – todo lo que implica – es sólo la punta del iceberg; el día que (algunos) elegimos para recordar nuestras heridas abiertas. Detrás de esta fecha anecdótica late una historia irresuelta que nos divide. De un lado o del otro, un asunto pendiente, un relato ausente nos mantiene en vilo o nos vuelve indiferentes; nos separa indefectiblemente; aturde y ya no podemos oírnos; ciega y ya no somos capaces de vernos.

Sí, de nuevo estoy escribiendo sobre el golpe. No importa, esta es mi manera de superar el dolor propio y ajeno. No soy rutinario. Estoy en vilo, abro los ojos, escucho, pienso…recuerdo.


fotos: Aimé




22/2/09

El malo de la película


Andres: - ¿Has ido al zoológico? ¿está bueno?
Anuar: - Sí, hace unos años. Es deprimente. Está muy descuidado y los bichos andan todos tristes . It's a very sad place -dijo, dirigiéndose a Caroline, la chica belga de intercambio - just like a hospital.

La situación es la siguiente: estoy estudiando gramática - muy a mi pesar - cuando llegan Andres, su novia Belen y Caroline. Los veo felices, es un día precioso para salir a pasear. Caroline está pasando el fin de semana en Córdoba y mis amigos van a mostrarle la ciudad. Andrés me cuenta de un partido de tenis que, "por cuestiones de fuerza mayor", no puedo ver; recién van por el primer set. Luego me pregunta por el zoo; y yo, bestia peluda sin sentimientos, usando mi inglés de pandillero portorriqueño del Bronx, lo comparo con un hospital.
Cinco minutos más tarde ya se han ido los tres, quién sabe a dónde. Quizá al paseo del buen pastor o al museo Evita (podría haber dado apreciaciones similares a la del zoo sobre aquellos lugares). Dudo que vuelvan a preguntarme sobre algún sitio de interés en esta provincia o en Bombay.

Es lo que pasa - me digo a mí mismo - cuando uno se siente tan al límite que no le importa nada. Ni siquiera quedar como el único mala onda del país ante una visitante extranjera que no puede dejar de notar lo simpáticos y amables que somos los argentinos (sic). Y no se termina ahí. Hoy es uno de esos días en los que, sin arrepentimiento ni culpa, podría salir a la calle a provocar desmanes de todo tipo. Como ser: explicarle a cada infante menor de 5 años por qué Papá Noel no existe; llamar a cualquier compañía de cable y hacer preguntas durante media hora sobre un servicio que ni pienso contratar; pararme en la puerta del cine y contar el final de cada película con lujo de detalles (inventaría un final distinto cada vez) ; recortar avisos fúnebres y repartirlos en sobres rosados, como si fueran cartas de amor.
¿Y todo eso por qué? Porque sí. Porque es domingo y estoy aburrido. Porque la muerte debería ser tan romántica como los días festivos que nos proponen los shoppings. Porque ver a un animalito encerrado y lejos de su hábitat natural NO ES DIVERTIDO (ni siquiera es educativo). Porque es más valioso recibir un regalo de nuestros padres que de un sujeto nórdico con problemas de sobrepeso. Porque la televisión nos atrofia la imaginación y la capacidad de pensar. Pero, por sobre todas las cosas, porque cuando se está de mal humor, no hay nada más sencillo que descargar toda la mierda sobre los demás.

10/2/09

fragmento de un fragmento


Mi lugar preferido del parque Sarmiento (esto va a sonar bizarro) es donde está el puesto de choripanes del Dante (ahí arriba, cerca de la escuela... sí, soy pésimo para las descripciones geográficas). No es que sea un fanático del chori; no, en realidad lo que me gusta de aquel lugar es que está en un punto más elevado "a nivel del mar" (?) y desde allí se puede observar parte de la ciudad, más abajo. Es un mar mudo de luces que jamás termina. De noche me imagino a todas las personas que regresan a sus casas luego de un día agitado... todos esos seres anónimos, perdiéndose en la oscuridad, doblando por alguna esquina que jamás conoceré.
Hay un momento en el día en el que cada uno de nosotros deja de existir. Alguien, sin saberlo, nos observa desde lo alto, pero no puede imaginarnos. No es capaaz de concebirnos, con nuestro cansancio y nuestros pensamientos a cuestas. Simplemente desaparecemos cuando aquel transeúnte nos da la espalda. Del mismo modo, la ciudad se desvanece a mis espaldas cuando abandono el - de ahora en más - "mirador de los choripanes".


27/1/09

Volver... con la frente marchita



Noche de domingo tranquila. Armar el bolso a las corridas porque ,como siempre, dejo todo para último momento; recorrido de casa a la terminal en tiempo récord; despedida con mis viejos bastante emotiva; el colectivo repleto de mendocinos y mendocinas, dos de las cuales, sentadas detrás mío, no paran, no paran de hablar (a las tres de la madrugada) con esa particular tonada que me resulta tan simpática (pero no a las 3 de la mañana, ojo!).

Llego a Córdoba temprano, osea una hora más tarde por el fuckin' cambio de horario. Como soy joven y amarrete, me voy al depto caminando. La ciudad está hermosa y bastante transitada. Es lo que me hacía falta: el bullicio, los nervios, el apuro-sin-razón de las ciudades grandes. Necesitaba todos esos edificios gigantes proyectando sus sombras invisibles sobre mí, a los obreros silbando y golpeando desde todas partes como pájaros carpinteros con hipotiroidismo (y mala educación, algunos). No veo muchos cambios, algunos negocios han desaparecido, y a una que otra casa le han crecido varios pisos, porteros eléctricos y terrazas. Después de todo, sólo me fui por un mes. El gimnasio tampoco ha cambiado. Me alegro secretamente porque la chica que atiende recuerda mi nombre cuando me cobra la cuota del mes.

Más tarde voy al supermercado, compro frutas, agua mineral y jabón-rexona ("nunca te abandona" ) porque me siento sano y deportista. La alegría dura poco. El papel higiénico está carísimo. ¡Malditos bastardos! no pueden cobrar tanto por un artículo que sirve para limpiarse el culo. El gobierno debería restringir las exportaciones de papel higiénico, a ver si bajan el precio. Pasado mi enojo de ama de casa del Bajo Flores, me voy a pagar. Justo cuando es mi turno, la cajera hace un racambio de caja, maldición. En ese momento miro alrededor y noto algo peculiar. La población del supermercados está curiosamente dividida en dos tipos de individuos. A saber: Señoras de edad (por no decir viejas... ups!) que se encuentran comprando la comida para el almuerzo y dieciochoañero/as acompañado/as por sus padres. En sus carritos se pueden apreciar artículos como los siguientes: trapos de piso, palos de escoba, cacerolas de acero inoxidable. Es una imagen bastante tierna, podría ser útil para algún comercial de una compañía de medicina pre paga. Sin embargo me hace sentir parte de una brecha generacional, más bien un bache. Y no creo que Macri venga corriendo a taparlo.

Regreso con las bolsas a cuestas y me siento mejor. Hacen 5 años que me vine a estudiar a Córdoba y francamente no quiero comprar ni escobas ni costeletas. Me gusta esta situación insípida de no estar (por presión social) en una etapa "importantísima" de mi vida (otros le llaman el gran paso, como los de Macri cuando salta baches). Al diablo con las grandes decisiones y la medicina pre paga. Prefiero la adrenalina de sentirme cotidiano, aburrido, abandonado, joven, anónimo, libre, vivo... y sin cobertura médica.


22/1/09

...y ahora sí, un título

transeúnte

(Del lat. transĭens, -seuntis, part. act. de transīre).

  1. . adj. Que transita o pasa por un lugar. U. t. c. s.
  2. adj. Que está de paso, que no reside sino transitoriamente en un sitio. Apl. a pers., u. t. c. s.
  3. adj. De duración limitada.
  4. adj. Fil. Que se produce por el agente de tal suerte que el efecto pasa o se termina fuera de él mismo.

Fuente: RAE

Y hablando de espacio desperdiciado... la RAE tiene cuatro definiciones para una palabra que casi no se usa. La verdad es que me gusta transeúnte, me parece hermosa. No la veo muy seguido (si es que las palabras pueden ser vistas), a no ser en algún manualcito de educación vial (y a cuántos nos vendría bien leerlo!). Sin embargo somos tantos los que transitamos por alguna calle sucia a la mañana, apretados unos contra otros; los que estamos de paso, con la valija a-medio-hacer y los libros sobre la mesa; los efímeros (mierda, nada dura lo suficiente)... los que intentamos escapar fuera de nosotros mismos, y fracasamos.

¿Puede una palabra en desuso definir a tantos individuos que pululan por ahí? No creo... no me importa. Me gusta transeúnte para título del blog como me gustan los lunares para la piel. Tarde o temprano, dejamos de caminar (compramos un auto), guardamos los libros en la biblioteca... dejamos de sentirnos pasajeros. Y algún día, sin que nadie se entere, dejaré de escribir en este blog transeúnte.