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16/4/10

Proyecto para un Manifiesto Terrorista


A veces me preguntan por qué no publico lo que escribo. Podría hacerlo, cualquiera puede. Pero después tendría que hacerme el siguiente cuestionamiento: ¿justificarían mis palabras tanto papel? No. Nada que sea hecho con el lenguaje justifica siquiera una hoja de papel. No pensar en ese proceso de producción (del árbol al papel) es una omisión deliberada; al mismo tiempo, este soporte se nos presenta materialmente como una realidad ineludible e inevitable: necesitamos producirlo.
Intentando responder al interrogante inicial, puedo dejar que mis poemas ardan en el vacío, no obstante, no evitaré la tala de árboles, menos el avance de la manufactura papelera. En definitiva, somos capaces de escribir cualquier cosa y sin duda tendremos la posibilidad de publicar después. Pero esa acción jamás será inocente; en donde sea, todo el tiempo a nuestras espaldas correrán ríos mudos de sangre. Al menos tendríamos que ser conscientes de este crimen que cometemos constantemente. No puede haber mejor motivación: nos obliga a escribir con un estado máximo de conciencia, nos pone la responsabilidad de cargar con fuego nuestras sienes cada vez que nos atrevamos a darle a una palabra su forma material. De ahora en más debemos producir discontinuidades en el universo: demorar para siempre al transeúnte en la esquina; perforar todos los paraguas para que la gente jamás vuelva a olvidar el sabor de la lluvia; inventar vuelos verticales inversos para que la caída pierda su sentido; dibujar extremidades a las piedras y que éstas invadan nuestras ciudades hasta expulsarnos hacia los campos; liberar a todos los animales de los zoológicos; regalar armas de fuego a niños y a locos; atar rollos de papel higiénico en los paragolpes de los autos… crear un mundo inverosímil, donde no haya lugar para el hombre. Después de todo, estamos destruyendo el mundo. Entonces, deberíamos destruirlo de la mejor manera posible.


(continuará…)

29/7/09

nota al pie

"Las hojas restantes de mi libreta son como un lenguaje que se va apagando; un descenso al silencio. Y entonces escribir - lo que sea - puede volverse un acto desesperado o por el contrario, un plan meticuloso. Es preciso elegir cada palabra cuidadosamente, calcular su efecto, sopesarla en medio del silencio antes de que se dirija hacia la nada. Esa nada que resulta el lenguaje ya dicho. Una muerte extraña, absurda y absoluta."


Empiezo a economizar, ya no anoto ciertas cosas que pienso o me ocurren (¿ocurro o me piensan?) porque, probablemente, pueden carecer de sentido suficiente como para ser escritas en. Después de todo, ¿qué puede ser tan relevante como para justificar una palabra escrita? De esa manera hay un montón de circunstancias cotidianas que pasan totalmente desapercibidas. Forman parte de la literatura anónima de nuestras vidas.
A saber.
Hoy Sentí la libertad efímera - pero infinita en su brevedad - de caminar sin preocupaciones. Más tarde tuve un libro en mis manos y comprendí que, en ese momento, esa historia era mi única realidad posible. Me desperté solo en la mitad de la noche (quiénsabecuál de estas noches, de todas las noches), y mi brazo buscó maquinalmente un costado que no existía, que jamás estuvo ahí. De aquella desdicha sólo conservo un gusto amargo en las manos, más bien un sudor invisible que no termino de lavar... ¿será eso la soledad del hombre: una mugrecita, las pelusas de abajo de la cama?
Y así sucesivamente.

Éste es el punto en el que, ambos, usted lector invisible (pero usted ya lo sabía) y yo (pero yo también lo sabía), comprendemos que todo lo anteriormente escrito carece por completo de sentido. Eventualmente voy a comprar otra libreta y las vivencias que mencioné ya forman parte de este blog. Están dirigidas hacia todos o hacia nadie. Y sí, era lindo pensar en un lenguaje que se apaga, hablar sobre la libertad, decir que la soledad tal cosa y las realidades absolutas. Era lindo creer que estaba haciendo literatura.


15/6/09

Apología


Así como el frío nos lanza violentamente hacia la estufa o hacia otros brazos, del mismo modo la incertidumbre nos deja secretamente perplejos. ¿Por qué dudamos? ¿qué nos demora en los portales cada vez que salimos o regresamos de la vida?
Suele suceder(me): llega ese momento extremo del día, la hora anónima cuando cualquier certeza cae del pedestal. Y los interrogantes son heridas, abiertas como ojos en la piel.

-No hay persuasión posible.

Practicar un fundamentalismo de la desconfianza. Dudar de todo, como Descartes (incluso dudar de Descartes).
Los honorables representantes no tienen la menor idea de qué hacer (ni cómo hacerlo); a La Nena no le gustan sus tetas nuevas (al novio tampoco); los caniches están hartos de ser llevados en brazos como carteras, desean correr libres y practicar el canibalismo más atroz.
Creemos necesitar una relación estable, una casa cómoda trabajo bien remunerado carrera con futuro celular de última generación tiempo para nosotros la fe intacta evitar el descenso (a los infiernos) seguridad salud prepaga cocina limpia comida thai redistribución de la pobreza (err de la riqueza) conexión wi-fi oportunidades sexo arte comprometido tasa fija de interés un poquito de amor que alguien nos entienda... por lo menos que nos escuche.

-Es (auto)destructivo.

Para qué engañar-me, no sé si la soledad de hoy es mayor a la de ayer, o viceversa. De nuevo en el portal, te miro y me pregunto si, aún reteniéndote un par de minutos más, lograremos escapar a tanto desencuentro. De un lado o del otro de las relaciones, la incertidumbre nos atropella. Da lo mismo deambular por la vida - transeúntes del cariño -, con las manos en los bolsillos, queriéndonos furtivamente cada vez que sea posible; atentos a los indicios más minúsculos: volvió con su ex, regresa a su casa por el fin de semana, sale con el grupo de amigos... y así andamos, buscándonos a tientas. Crustáceos en la noche profunda.
No existen muchas diferencias del otro lado (siempre un otro-lado). Juntos, cómplices del mismo retrato: inmóviles... tocarse mirarse hablarse apenas. Cuando acaba(mos) el amor, cada uno en su costado de la cama; en plena oscuridad, las dudas clavadas en el techo invisible. El retrato se repite absurdamente... y así seguimos, una masa oscura nos va ocupando el cuerpo de a poquito. Nos aferramos al miedo, como los árboles se aferran al aire para no hundirse en el suelo.
Estoy de este lado de la puerta. Ya no sé si seguiste tu camino hace algunas horas o muchos meses atrás. Sos una u otra "vos", no importa.

-Elegir el vértigo.

Aunque nunca nada sea seguro, aunque siempre estemos desgarrados en alguna parte, es posible (y quiero) optar por la incertidumbre. Hacernos una doble piel, sentir al máximo la vibración del invierno cuando caminamos solos. Imponer un poco de esperanza a las lágrimas anónimas de la noche. Abrir el libro a la mitad de la historia y prolongarla. Mirarnos sin máscaras, como nunca lo hicimos. Suspendidos en el instante eterno de volver a encontrarnos.




antü | hoy


6/5/09

en busca de la catarsis posmoderna

Hay que hacerlo... despojarse de todas las tragedias mínimas y cotidianas: los silencios - eternos  - incómodos del ascensor, el desencuentro con el otro, la identidad que perdemos cada vez que salimos a la ciudad... no hay catarsis posible - ni vale la pena intentarlo - en esas minuciosidades. Hay que salir a la calle con el pecho abierto y la frente desnuda; llenarnos de viento en una bocanada e inflar el corazón. Hay que hervir la sangre aún con el leve calor de un apretón de manos, buscar las caricias ocultas en los apretujamientos de gente... oh, estamos tan solos; nos buscamos visceralmente, sin saber que somos la ausencia en todas y ninguna parte. No sienta vergüenza, señora del 7º B, déle un abrazo al palo borracho del boulevard. Sienta las espinas meterse levemente en su carne... ese cosquilleo hermoso y lleno de ternuna que sólo un palo borracho sabe dar.

Necesito llenarme de cosas así, escribirlas en mi libreta abandonada (muestra excepcional de mi olvido y negligencia); copiar poemas en papelitos insignificantes y extraviarlos por ahí: ellos necesitan imperiosamente ser libres, reencontrarse con la vida común. Debería imitarlos, plegarme a la audacia de las palabras que van a parar a cualquier parte - un panfleto, un cartel, la despedida entre dos amantes - despojadas de todo prejuicio; simplemente se dejan envolver por el aire y caen en nosotros, haciendo que todo sea, al menos, no tan absurdo.

Espero que el frío llegue pronto, quiero salir a la calle y que se me congele la cara. Suceso interesante andar por ahí con el rostro congelado. Imagínese usted, con la sonrisa del primer beso matinal petrificada, incapaz de ir a ningún lado. Y aquella mujer que guarda una fotografía en su cartera: una lágrima diminuta la sorprende y queda detenida - a mitad de camino entre el ojo y la comisura de los labios -, en plena mejilla destella como un diamante. Habráse visto... por ahora me conformo con imaginar tales maravillas. Tropiezo con la indiferencia de los autos y el malhumor general mientras voy caminando a la facu (siempre el malhumor, horror posmoderno). He realizado cálculos: hay aproximadamente tres canciones de distancia entre mi departamento en el 5º piso y la "casa verde", donde-recibo-educación-pública. El camino es una repetición no muy uniforme de personas y lugares: edificios, edificios, alguna casa, unos pocos árboles (florecen, desflorecen, amarillan,verdean), el naranjita meditabundo de la calle Temple (no hay unión más perfecta en el universo que aquella entre el rostro de ese hombre y el nombre de esa calle), otros peatones con los que corro carreritas, a ver quién llega primero a la esquina.  Eventualmente sucede algo extraordinario: una casa ya no está porque la han demolido, entonces debo despedirme de ella, adiós casa, bon voyage. A veces el señor del focus y el taxista creen tener derecho de paso al mismo tiempo y ¡la puta que te parió, infeliz!.

En fin, es fácil poner la vida en piloto automático, acostumbrarnos al paso insípido del tiempo; soñar sin sueños, reír sin ruido y amar sin riesgos. Yo sigo esperando el cachetazo revelador que me arranque los pies del suelo y abra mis ojos hasta darlos vuelta. Sé que la señora del 7º B desea un abrazo de ese palo borracho, lo desea irrefrenablemente. Es cuestión de tiempo. Por ahora pasa por la vereda de enfrente y lo acaricia con una mirada furtiva. Se sonroja apenas; como piensa que es a causa del calor, desabrocha un botón del cuello de su camisa, y continúa caminando.

Glosario:

Naranjita: persona que se encarga de cuidar los autos en las calles de Córdoba, a cambio de una contribución voluntaria.  

21/4/09

clochard


a veces me siento como un clochard: sin hogar aparente ni rumbo fijo. Un vagabundo que observa - sin apego - a quienes lo rodean.
No sé por qué, pero para mí los vagabundos siempre existen en el presente. Los encuentro en algún banco de plaza, o soñando apretados contra un rincón, despojados del pasado, sin futuro aparente (el clochard de hoy es otro clochard mañana - o el mismo - , nuestra indiferencia los disuelve en un solo estereotipo). Y en ese mirarnos brevemente, el olviddo es mutuo e instantáneo. Yo sigo mi camino hacia ninguna parte, el se queda ahí. Está ahí, vive ahí. Quizá no tiene lugar donde ir ni donde volver. El es su propio lugar, su propio tiempo. Pero yo, en cambio, ¿adónde voy?¿de dónde vengo? Quizá soy yo el que anda a la deriva, entre tantas certezas.

2/4/09

Días como éste (2)


…en los que me dan ganas de mirar los tres estantes de la biblioteca, elegir los libros que más quiero, acariciar sus páginas amarillas de tiempo y, en un ataque súbito de locura, arrojarlos a todos por la ventana, bien lejos. Es el olvido o la muerte… arrancarme la piel desde adentro, realizar el más terrible de los sacrificios. Quemar el resto de los libros que compré por obligación o interés; bailar alrededor del fuego como en un ritual satánico. Correr a la librería más cercana y comprar las obras completas de Osho y Bucay. Llegar a casa e instalarlos sobre las cenizas de las palabras que amé alguna vez. No es suficiente, debo traicionarme hasta el asco, quebrar la resistencia más ínfima. Y luego, parado en el centro de la nada, frente a la biblioteca, contemplar toda la sabiduría que me enseñará a ser feliz. Es cuestión de tiempo… unos segundos para volver a la ira visceral, proferir el más crudo de los gritos, derribar a Osho y a Bucay de sus pedestales, arrancar las páginas de sus libros con los dientes, escupirlos, mearles encima, pisotearlos, bailar sobre los despojos de la felicidad. Dirigirme hacia la ventana, abrir las celosías, dar paso al gran viento que se llevará todo: las palabras muertas, los restos de la ira, la felicidad y el tiempo. Nuevamente desde la nada, escuchar los sollozos de la ciudad, los martillos que repiquetean desde arriba desde abajo desde todas partes… -“tututututututtutututu” - ya soy un cuerpo rebotando al son del progreso, una molécula de carne que vibra secretamente.

De vez en cuando viene bien sacrificarlo todo, destruir el mundo en un arrebato irracional y ejecutar el exorcismo imprescindible de estar vivo. Pero lo mejor de todo es existir en esta ficción, esta mentira vil del lenguaje. Miro a mi izquierda; la bilioteca: allí están nuevamente las palabras amadas, la ira, la felicidad, el tiempo…