13/7/10

"huir sin dejar rastro"

Suertes

Azar no es arrojar una moneda al aire.
Ni siquiera esperar el cara o cruz..
Azar es atrapar la moneda en el aire
y huir sin dejar rastro.


Jorge Boccanera .-


Obviamente voy a susurrar este poema, y de ser posible, saldré corriendo después de susurrarlo. Voy a elegirlo para aquellas personas que me parezcan indecisas o hastiadas, no con la intención de que tomen una decisión, ni para cambiar su concepción del Hazar o la suerte, sino para que huyan conmigo.

Hoy la poesía tiene para mí la forma de una moneda irresuelta, de una palabra suspendida en el aire.




1/7/10

ene cinco

Porque algún día había de volver (?)


(07/05)

Me subí por equivocación a un N5. El colectivo da tantas vueltas que no tengo la menor idea de dónde estoy. Cada tanto pasamos por una avenida conocida, pero inmediatamente después el chofer gira el volante como si abriera la compuerta de un dique, y el colectivo se retuerce como un gusano de metal, internándose por otra callecita que tampoco conozco.

Miro a través de la ventanilla las casas apagadas y sus jardines impecables, los autos nuevos y los árboles prolijamente podados. Observar la ciudad a la madrugada resulta tan intrigante como contemplar a una mujer cuando duerme. Tengo sensaciones entremezcladas: por un lado, la emoción de estar recorriendo lugares desconocidos; por el otro, un poco de nerviosismo porque no sé cuándo ni dónde llegaré a destino. No importa, sobreviven la emoción y la intriga; a veces la mejor manera de conocer una ciudad es perderse en ella.

20/4/10

Dedicatoria para un nadie, un alguien


Hola, ocasional transeúnte. Este libro (Fedra, de Jean Racine) pertenece al Movimiento Libro Libre Argentina; bah, en realidad este libro se pertenece a sí mismo, a sus palabras, al tiempo. Por eso es que tuvo que escapar de su último lector, porque contrario a lo que se dice por ahí, las palabras no nos pertenecen; tampoco la literatura, ni el Harte, ni el mundo.

Por lo tanto, usted, anónimo y potencial lector, se encuentra ante un trozo de mundo que tiene fecha de vencimiento. Cuando finalice la lectura de esta obra, deberá liberarla sin chistar. Es que a veces debemos desprendernos de aquello que creímos haber encontrado para siempre.


16/4/10

Proyecto para un Manifiesto Terrorista


A veces me preguntan por qué no publico lo que escribo. Podría hacerlo, cualquiera puede. Pero después tendría que hacerme el siguiente cuestionamiento: ¿justificarían mis palabras tanto papel? No. Nada que sea hecho con el lenguaje justifica siquiera una hoja de papel. No pensar en ese proceso de producción (del árbol al papel) es una omisión deliberada; al mismo tiempo, este soporte se nos presenta materialmente como una realidad ineludible e inevitable: necesitamos producirlo.
Intentando responder al interrogante inicial, puedo dejar que mis poemas ardan en el vacío, no obstante, no evitaré la tala de árboles, menos el avance de la manufactura papelera. En definitiva, somos capaces de escribir cualquier cosa y sin duda tendremos la posibilidad de publicar después. Pero esa acción jamás será inocente; en donde sea, todo el tiempo a nuestras espaldas correrán ríos mudos de sangre. Al menos tendríamos que ser conscientes de este crimen que cometemos constantemente. No puede haber mejor motivación: nos obliga a escribir con un estado máximo de conciencia, nos pone la responsabilidad de cargar con fuego nuestras sienes cada vez que nos atrevamos a darle a una palabra su forma material. De ahora en más debemos producir discontinuidades en el universo: demorar para siempre al transeúnte en la esquina; perforar todos los paraguas para que la gente jamás vuelva a olvidar el sabor de la lluvia; inventar vuelos verticales inversos para que la caída pierda su sentido; dibujar extremidades a las piedras y que éstas invadan nuestras ciudades hasta expulsarnos hacia los campos; liberar a todos los animales de los zoológicos; regalar armas de fuego a niños y a locos; atar rollos de papel higiénico en los paragolpes de los autos… crear un mundo inverosímil, donde no haya lugar para el hombre. Después de todo, estamos destruyendo el mundo. Entonces, deberíamos destruirlo de la mejor manera posible.


(continuará…)

25/3/10

Lo que dura un susurro. Micrónicas del 24 de marzo





Un instante... algunos segundos, quizá menos que un minuto. Eso dura un susurro. Entonces, los párrafos siguientes consisten en impresiones, breves (micro) crónicas acerca de mi participación como susurrador en la marcha del 24 de marzo.
Pero antes, una pequeña explicación. Un susurrador es un tubo de cartón de dimensión variable, posee dos orificios: por un lado entran palabras, por el otro sale un poema. El resultado de ese breve proceso es una conexión, ínfima o infinita, entre la persona que susurra y quien recibe como obsequio el susurro. Y no sólo eso, como suelen decir los manuales de química, la materia - y su equivalente a grosso modo, la energía - se transforma. Por consiguiente, ninguno de los participantes de dicha transformación vuelve a ser el mismo. Sus vidas han cambiado para siempre, aunque probablemente ellos no lo saben.
Ahora sí, las micrónicas...

- Nos paramos sobre el cordón de la vereda y ofrecemos susurros a marchantes y transeúntes. Se acerca un hombre con sus dos hijitas, J# susurra a la más grande y vivaracha. Yo ofrezco un poema a la más chica, pero no se anima, es tímida. Ella no deja de mirar las grullas que cuelgan de mi susurrador, entonces saco una de color rojo de mi bolsillo y se la acerco con la mano. No quiere, no se anima. Le doy la grullita al padre, él me dice gracias y se la da a la nena que me mira por primera vez.


- Una pareja viene caminando por la vereda, él es canoso y tiene los pelos parados hacia los costados, como Christopher Lloyd en Volver al Futuro o el personaje que hacía Julián Weich. Además usa lentes de sol colorados como los de Lennon. Me le acerco pero él no quiere, me dice que mejor le susurre a su compañera que es extranjera. Susurro un poema de Benedetti y ella sonríe, no sé si me entendió. El Dr. Emmett Brown me ofrece cuatro pesos en señal de agradecimiento. Le digo que no, gracias. Él insiste.

- Una nena marcha de la mano con su mamá, al ver mi susurrador se acerca corriendo, da saltitos y me pide que le susurre algo. Yo busco y rebusco: todos mis poemas son sombríos, hablan de pérdidas o ausentes, son palabras de personas muertas. De pronto, ¡zas! un fragmento de Carlos Aiub. Se lo leo:

" (..) porque tengo menos miedo
por todo eso
por lo que va a venir
por lo que buscamos
por todo eso
te quiero.-"

La nena se pone colorada - alcanzo a distinguir - y se vuelve corriendo, como vino. Me siento fugazmente Halegre de haber hecho bien.

- Me acerco a un hombre - mayor - que sostiene un panfleto con una foto de la presidente. Le pregunto si quiere un susurro y él acepta, aparentemente sin entender del todo de qué se trata. Inmediatamente después de ser susurrado me pregunta:
- A ver, vos que parecés un tipo amplio, decime ¿y quién se acuerda de los jubilados? Yo pienso en mi abuelo, pero no sé cómo contestarle. Luego de una conversación de 20 minutos acerca de la realidad política, me dice que su nombre es René y que lo disculpe por haberme retenido tanto tiempo.

- Una mujer acepta que le susurre. Le regalo un poema de Dardo S. Dorronzoro que habla sobre un techo que cae y un perro que no saluda a nadie, ni reza, pero llora porque éste es un mundo de mierda. En los ojos de la mujer distingo dos pájaros de sal y de lluvia. Ella me toma la cara con sus manos y me da un beso en la mejilla. Creo que jamás la olvidaré.


Antes tenía siempre la necesidad de escribir sobre el 24 de marzo. Pero ahora no. Será que es posible recordar de otra manera, o algunas palabras al ser siempre las mismas me van dejando. Quizá lo que queda es el silencio, y una ausencia que va perdiendo los nombres y los rostros.